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“The Handmaid’s Tale” de Margaret Atwood.

El cuento de la Criada, La servante écarlate, o como todo mundo la llama en versión original: The Handmaid’s Tale es un fenómeno televisivo de los últimos tiempos.

 

 

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No tengo nada en contra de reseñar series, pero lo mío, los mío, son los libros. Además como no estoy inscrita al sistema de streaming que la transmite, no la he visto. Así que, aún, no tengo la facultad de sacar frases como “el libro es mejor que la serie”.

Margaret Atwood, orgullo literario canadiense, se da a la tarea de concebir una distopía en un futuro no muy lejano; en un territorio, nada más y nada menos que lo que actualmente es Estados Unidos. Y contrario a la mayoría de los relatos apocalípticos, en éste, no es la tecnología la que se comió a la humanidad. No es 2001 Odisea del espacio, ni Terminator.

La premisa de Atwood es: ¿Qué pasaría si en una idea de “conservar los valores”, las sociedades fueran cayendo en un tradicionalismo recalcitrante, perdiendo poco a poco los derechos humanos, en especial, los de las mujeres?

Gilead, ésta nueva sociedad  van censurando conductas sexuales actuales, lo que en un principio pretendería ayudar a liberar a las mujeres, ahora ayuda para su domesticación. Primero se aplican políticas para “protegerlas” quitándoles obligaciones, pero, a su vez, derechos. Las degradan a un nivel de menores y su función en la sociedad está designada según su edad, etnia y nivel de fertilidad.

De hecho, cada individuo depende de esta clasificación para saber a quién le toca arriba y a quién le toca abajo en la escala social. Me imagino Gilead como un tablero de ajedrez donde si a uno le toca ser peón no puede caminar, ni comer como rey. Cada quién tiene una función específica y no se pueden salir de eso.

Eso, es para los que tienen un rol en la sociedad. Todos los que no entran en este sistema o se atreven a desafiarlo son ejecutados y sus cuerpos colgados en un muro donde son exhibidos. O esas personas que no embonan, o sea, los otros, son enviados a las “colonias”, una especie de basureros radiactivos donde están condenados a morir de intoxicación.

Uno de los papeles más desafortunados en Gilead es el de las sirvientes escarlatas, las handmaids cuya función es tener sexo con los comandantes cuyas esposas son infértiles. Su  única función es reproductiva. Como si fueran niños, mascotas o incluso objetos, las mujeres ya no pueden ser dueñas  de su dinero, trabajo, o nada. Ni siquiera de su propio cuerpo.

Toda la historia es la narración en primera persona de una de estas sirvientas que vivió justo el cambio de régimen y la imposición de este totalitarismo. En la narración nunca dice cuál es su verdadero nombre, pero el nuevo es Offred. Of Fred. De Fred y Ofrecida. Ella ha sido ofrecida a la familia de Fred, como su sirvienta reproductiva.

Por lo que cuenta Offred sobre Gilead es que de repente una democracia se transforma en Estado totalitario. En mayor o menor medida, todas las mujeres pierden sus derechos.  En un extremismo de moral y Estado religioso, que nos recordaría a las narraciones de cuando entra el régimen del Ayatola Jomeini en Irán.

Como lector no podemos estar seguros de cómo la narradora tiene acceso a una forma de contar la historia. Por momentos parecería un diario íntimo, porque cuenta cosas sumamente personales, como lo que le duele, sus esperanzas, lo que extraña de su antigua vida. Sin embargo, por la forma en la que describe los lugares y lo extremadamente explicativa que es, parecería más una bitácora. Claramente quiere dar un testimonio, no narra para ella, sino para alguien más. Su texto tiene un fin de registro y de denuncia.

Margaret Atwood intercala varias líneas narrativas, todas en la voz de Offred. La principal es la que narra su presente en Gilead. Otra narra cómo era su vida antes de que se instalara el régimen. La tercera es en la que cuenta ella, su esposo e hija intentaron, sin éxito, escaparse cuando iniciaba el régimen. Como cambia de línea narrativa de un párrafo a otro, el lector tiene que estar atento de qué época de su vida habla.

La utilización del lenguaje por parte de Atwood es relativamente simple, la complejidad no se crea a partir de frases muy elaboradas, sino de las ideas. La sugerencia de lo que podría pasar. Es una literatura que aborda conceptos como control, autoridad, poder y saber. Además de las normas, reglas y restricciones hay formas más profundas de dominar a los grupos. Uno es el negarles el acceso al conocimiento.

Las mujeres de Gilead no saben nada de lo que pasa en ese momento. No tienen acceso a las noticias y tampoco es transparente quién trabaja para el Estado y quién no. Se les niega el acceso a la información ya no digamos al conocimiento o a los libros.

No les voy a contar todo el libro, pero les daré una probadita de una de mis partes favoritas. Es la idea de “complicidad” del comandante y Offred. Él la invita a hacer algo prohibido y secreto que es jugar scrabble en un cuarto lleno de libros.

Este pasaje engloba el poder de la palabra como privilegio para los poderosos y prohibición para los sometidos. La información es detonante en las revoluciones y la educación es la herramienta de liberación.  

“But all around the walls, there are bookcases. They’re filled with books. Books and books and books, right out in plain view, no locks, no boxes. No wonder we can’t come in here. It’s an oasis of the forbidden. I try not to stare”. (Atwood 147).

(Sí, una vez más lo leí en versión original).

Si quieren darle un regalo a un amigo muy intelectual, éste es libro. Si quieren darle un regalo a alguien que no es nada intelectual y no ha leído mucho, también éste es el libro. Es un libro que puede leer cualquier tipo de persona.  Tiene muchas lecturas: La feminista, la parte sociológica, la religiosa, la política. Pero incluso, la lectura más accesible, es la historia en sí misma.

 

Photo by Estelle Têté

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